Sin importar a qué lugar de la casa fuera, el chico siempre se encontraba con un payaso. Aparecían en los closets, salían del piso, caminaban en el techo. Unos gritaban al verlo, otros se arrancaban la nariz o los ojos y hacían malabares con estos, mientras los más creativos se quitaban la piel y sacaban sus tripas, haciendo figuras de animalitos con ellas. Sin embargo, algunos pocos solo se quedaban en silencio viendo al niño, estallando en llamas y calcinándose lentamente frente a él. Aun así, el chico no se inmutaba, no había forma. Mientras el hijo del señor del averno siguiera aburrido, las almas de aquellos payasos seguirían atrapadas en aquel infierno con forma de casa.

Historia escrita en esta realidad por Gelje.
Historia descubierta en «Existencia» por Calabaztros, el último acólito.

Historia inspirada en el arte de John Kenn Mortensen

Eco de la historia







Deja un comentario