Cuando las primeras damas de la aristocracia comenzaron a salir con las máscaras de visard, una careta oscura que tapaba todo su rostro excepto sus ojos, la gente comenzó a murmurar, pero nadie se atrevió a decir nada. Los criados no cuestionaban a sus amas y los aristócratas lo veían como una moda pasajera. Sin embargo, con el tiempo las máscaras se convirtieron en símbolos de estatus, por lo que las mujeres de la nobleza nunca se las quitaban. Se volvió tendencia que las máscaras buscaran verse cada vez más planas y oscuras, como tratando de aparentar que no había nada debajo de ellas. Esto produjo una obsesión que llevó a las nobles a mutilarse la nariz, los labios y hasta las mejillas, causando que, al portar la máscara, su cara pareciera un agujero negro con un par de ojos flotando en su interior. Cuando se reveló esta practica, las máscaras fueron prohibidas y aquellas nobles, incapaces de ver hasta donde las había llevado la locura de su obsesión, desaparecieron del ojo público. No fue hasta siglos después, cuando fueron descubiertos los reclusorios ocultos a donde fueron enviadas aquellas nobles, que se encontraron los restos de estas mujeres junto con la única posesión que decidieron llevarse hasta la tumba, sus máscaras de visard.

Historia escrita en esta realidad por Gelje.
Historia descubierta en «Existencia» por Calabaztros, el último acólito.
Mi maestro nos contaba que una obsesión bien cultivada puede llevar a la locura, sin embargo, esta antes debe plantarse en la mente para que germine y se convierta en una necesidad descontrolada. Y estas semillas de obsesión, decía mi maestro, pueden surgir de cualquier lado, desde un murmullo sin dueño, una imagen extraña o palabras ocultas en un relato…
Calabaztros, el último acólito

Historia inspirada en el arte de Lorenzo Tiepolo

Eco de la historia







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