La esclava observa el horizonte. Aún puede ver a su maestro a lo lejos. Cuando él desaparece de su vista, la vasalla no reacciona. Esta permanece sentada, inmóvil, obedeciendo la última orden de su amo: “Observa el horizonte y mírame partir”.
Donde el tiempo no es más que una palabra, la inmutable sierva aguarda. No hay más órdenes que acatar, ni más deseos que cumplir. Su señor no volverá, sin embargo, es incapaz de abandonar su puesto. Es una hurí y en su naturaleza no existe la desobediencia.
Creadas para ser súbditas, las hurís viven para complacer a los maestros, aquellos que fueron creados por el que no fue creado. Los maestros provienen de un mundo donde sus decisiones en vida marcan su destino después de la muerte. Entre los vastos caminos del ciclo de la muerte y la reencarnación, se encuentra el Suarga, la tierra de los justos.
Tal como los textos antiguos rezaban, en el Suarga no había males que afligieran el cuerpo, ni tristezas que mermaran el alma. Las dejaciones llevadas en la anterior vida eran recompensadas con todas las dichas que el corazón anhelara; felicidad, riquezas y placeres. Pero una joya resplandecía sobre todas las demás, la posesión más valiosa de un maestro, su hurí.
Perfectas desde su creación, las hurís no tienen necesidades o debilidades y siempre permanecen jóvenes. Cada una es un reflejo de los deseos de su amo y aquella hurí abandonada no era la excepción. Su piel era de un tono rojizo, con tatuajes dorados que recorrían su cuerpo, como el sol cayendo sobre la arena del desierto. Su cabeza era bañada por un lustroso cabello oscuro y su rostro era adornado por dos radiantes ojos como lunas. Era una oda a la belleza, desde su inmaculado semblante, pasando por su turgente figura, hasta la punta de sus finamente decoradas uñas. Las hurís lo tienen todo, pero no poseen nada, sus pensamientos, su cuerpo, su ser, todo pertenece a su señor.
Sin embargo, nada es eterno, ni siquiera la muerte. Los maestros en algún momento debían partir y continuar con el ciclo del Samsara, lo que los llevaba a dejar atrás todas las bendiciones que el Suarga les ofrecía, incluyendo a su esclava divina.
Se creía que la existencia de las hurís estaba atada al tiempo que permanecieran con sus maestros, no obstante, aquella hurí seguía ahí, contemplando la eternidad. Durante toda la existencia de la vasalla, los pensamientos de esta habían sido simples, centrados en hacer feliz a su señor. Jamás se había cuestionado la razón que llevaba a los maestros a dejar aquellas tierras o cómo era el lugar al que se dirigían. Pero el atreverse a pensar en existir sin su maestro, o reflexionar en que le pasaría a una hurí sin amo, era algo que iba más allá de su comprensión.
Sin embargo, la mente de la sierva comenzó a perderse en sí misma. Pensamientos inéditos y preguntas extrañas empezaron a mermar la innata tranquilidad de la súbdita, hasta crear un oscuro vacío que la excelsa esclava jamás había experimentado. Sin embargo, de entre aquellos pensamientos y dudas, algo más surgió, un recuerdo.
Después de que el maestro llegara al Suarga y sus pies acariciaran esta tierra sagrada, él se dirigió a uno de los árboles del edén, tomó un fruto divino, sacó su semilla y la colocó en el suelo. De esta semilla brotó la hurí, quien sería su sierva. Él se acercó a esta y le susurró al oído: “Abre los ojos y observa la tierra donde estaremos juntos”. La divina esclava así lo hizo, abrió sus ojos y contempló el magnífico paraíso que le rodeaba, experimentando de esta manera su primera emoción; el asombro.
La vasalla sentía como aquella emoción volvía a nacer, pero también podía percibir como el extraño vacío seguía creciendo en su interior. El porqué era presa de estas sensaciones, era algo que se escapaba de su comprensión. Mientras en el exterior la hurí continuaba en su obligación de permanecer impasible, por dentro era una torre inestable. El tenue balance entre la mente y el cuerpo aún se mantenía, sin embargo, apareció una última pregunta, una que rompió el equilibrio. La hurí no pudo seguir manteniendo la compostura y sin poder evitarlo, abandonó su puesto y se perdió en la infinidad del Suarga.
Continuará…


Historia escrita en esta realidad por Gelje.
Historia descubierta en Existencia por Akarina, la que escucha historias.
El murmullo se ha acabado. Dejo de oír la historia. Intrigado le pregunto a Akarina por la siguiente parte, «Algunas historias se revelan poco a poco, como esta flor, a como se van abriendo sus pétalos, conoceremos más del viaje de la hurí. Solo espera…» responde ella, mientras sostiene la extraña flor de la cual salió esta historia. La flor ha comenzado a abrirse…
Nota de Gelje
Glosario
Suarga: Mundo celestial en el hinduismo, equivalente al edén, donde van los justos antes de su próxima reencarnación.
Samsara: Ciclo de reencarnaciones y muertes en la religión budista






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